17.10.08

(Cap. 2) Primer Trabajo

Todavía estaba estudiando cuando Héctor, uno de los médicos que conocía, me dijo que en su clínica estaban buscando una persona que hiciera de nexo entre la clínica y otras entidades, y entre el personal y los jefes, que se ocupe de las relaciones humanas y las públicas, y le parecía que por mi perfil podía llegar a interesarme. No buscaban un profesional pero era deseable que estuviera un poco en tema, y el día que me recibiera podía seguir trabajando ahí. Acepté. Me encantaba la idea, era como si me hubieran estado esperando: me permitían seguir estudiando e iba a estar haciendo sociales todo el día.

Mi primer día
“Hoy empiezo a trabajar… ¡Que emoción!”
Quería ir despampanante, tenía que ser una diosa. Me daba vuelta en la cabeza el slogan de no me acuerdo que marca que decía “la primera impresión es la que cuenta”.
Me levanté temprano para tener tiempo de bañarme, hacerme un brushing, arreglarme las manos y elegir la mejor ropa. Estaba divina, elegante pero muy sexy como a mi me gusta. Fui muy cuidadosa en elegir que me ponía para no parecer “un gato” y además porque tampoco quería que me vieran como “la nueva desubicada de administración”… Obvio que quería que hablaran de mi pero al principio que por lo menos hablaran bien.
Me imaginaba que el ambiente de trabajo era muy serio, cordial pero no de amigos, donde el personal era educado y correcto en todos los aspectos y cada uno tenía una función específica asignada. Seguramente los médicos eran una élite entre los integrantes del staff y gozaban de ciertos beneficios que no tenían los enfermeros. Se respetaban los cargos de poder, la verticalidad y se cumplían las órdenes sin el más mínimo intento de discutirlas. Sí sabía que era una clínica muy importante en Buenos Aires porque ya había escuchado algunos comentarios acerca de que era un edificio con historia y súper elegante, con médicos de mucha trayectoria. Después de todo lo que me imaginé ya me sentía intimidada.

El edificio estaba en el barrio de Palermo y la construcción tenía los lujos suficientes como para ser un hotel 5 estrellas... Obviamente atenderse en esa clínica costaba lo que un hotel de lujo. Tenia una decoración muy moderna con una entrada amplia de pisos blancos impecables, unos sillones negros acomodados alrededor de una mesa ratona, y a la derecha apenas entrando estaba la recepción con la sola finalidad de indicarte para donde ir.
Me anuncie en la recepción y me recibió Héctor. Pasamos a mi oficina que estaba unos metros más atrás del escritorio de la recepción principal, y cerca de la suya y de las oficinas del área administrativa. Una vez que me había acomodado, salimos de recorrida para que conociera las instalaciones y los médicos de cada servicio.
Las habitaciones eran increíbles… Todo hacía juego, desde las mantas con las cortinas hasta el tapizado del sillón-cama que había para que los acompañantes durmieran. Si alguien se quedaba con el enfermo también le llegaba el desayuno a la mañana, y disponía de almohaditas y mantas si hacía frío. Tenían control remoto para todo: para la tele, para los enfermeros, para la cama, para las luces, y desde el teléfono se podía pedir “delivery” al buffet.
En el 1º piso había una sala de juegos con una maestra para los chicos que se aburrieran; tenían muñecos, ladrillitos de goma, cartulinas y marcadores, libritos. Ir a visitar al pariente enfermo era lo mejor del día.
Una vez que terminamos con las instalaciones, seguimos con el personal. Los consultorios de clínica médica y traumatología estaban en planta baja igual que nosotros, porque eran los que respondían primero por estar cerca de la guardia. Los primeros que saludé fueron el Dr. Guzmán, jefe del servicio de clínica, dos doctoras de su equipo: la Dra. Florencia Serrano y la Dra. Sonia González, y algunos enfermeros; y en traumato al Dr. Ricordi. El resto de los integrantes de los servicios los iba a ir conociendo de a poco, algunos tenían descanso de guardia, otros estaban en urgencias o atendiendo y no valía la pena interrumpirlos.
Fuimos subiendo por los pisos a que conozca los jefes de las demás especialidades hasta que llegamos al quirófano y nos recibió el Dr. José Balestra. José era tímido pero tenía una picardía curiosa que se le notaba en la mirada, como si pensara más de lo que decía. Y era uno de los más lindos que había visto hasta ahora…Era muy, muy atractivo.
“Mirá que lindos médicos hay acá, va a estar interesante el trabajo”, pensé para mis adentros, con una sonrisita tramposa. Hasta ahora era el más joven de todos los que había conocido, y como en ese momento no estaba haciendo nada nos quedamos charlando un rato. Era de pocas palabras así que se complicaba hablar un tiempo largo. Le tenía que preguntar todo el tiempo para darle pie a que me cuente algo, pero sonreía mucho y me daba curiosidad que sería lo que estaba pensando.
De adentro del quirófano veo que venía alguien más y con toda la intención de ver que pasaba ahí que estábamos todos. Llegó, me dio un beso y se presentó solo y un poco arrogante como el “Dr. Enrique Larzábal, jefe del área de cirugía”. Demostraba mucha seguridad y era tan simpático que lo primero que me dijo ya me hizo reír, pero se mantenía en una postura de autoridad que parecía inalcanzable. La charla no duró más de diez minutos, pero fue suficiente para captar toda mi atención. En ese momento no me daba cuenta de la admiración que me había despertado, lo único que recuerdo es que seguí hablando de él el resto del día. Me parecía que era un chanta, soberbio y un poco mentiroso, pero igual pasó a ser mi preferido.
¿Y José y Héctor? Mmm… Cierto que seguían ahí. Estaba compenetrada en la charla con el Dr. Larzabal hasta que Héctor me bajó a la Tierra de golpe agarrándome del brazo con un “dale, nena, sigamos que estamos atrasados”.

Cerca del mediodía terminamos los saludos y las presentaciones. En mi oficina me hice una lista donde tenía algunos datos de la gente: nombre y sector al que pertenecían, familia, fecha de cumpleaños, etc. A pesar de la cantidad de gente que había conocido me acordaba los nombres de todos, bueno, de casi todos. Sentía que me habían aceptado bien, aunque ya me iba a ir dando cuenta con el paso del tiempo. Los jefes de los servicios no iban a tener problema en acercarse a hablarme si necesitaban algo, al contrario, con ellos corría el riesgo de que por ser más joven y ser estudiante se aprovecharan y quisieran pasarme o darme órdenes aunque no les correspondiera. Y con el resto del personal podía pasar todo lo contrario, que creyeran que no era tan accesible para ellos y que no se animaran a acercarse a plantear sus dudas. Pero quería que cualquiera que perteneciera a la clínica se acercara con la misma confianza así que decidí que cada tanto iba a pasar a charlar con la gente, estuvieran o no los jefes, para que se den cuenta de que el trato iba a ser equitativo y también porque para mi no existía diferencia entre los que eran médicos y los que no, después de todo yo no pertenecía a ninguno de los dos bandos (al menos todavía). Además, por mi edad, prefería llevarme bien con todos porque era una manera de sentirme protegida.

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