Ese año en la clínica fue agradable pero sin nada interesante para contar, no porque no pasaran cosas, el tema es que todavía no tenía tanta gente que confiara en mí como para venir a contarme algo. Héctor tenía un trato cordial con todos pero no tenía amigos ahí adentro, su vida estaba afuera, él sólo iba a trabajar, y por el momento era el que más conocía. Con Enrique Larzábal me llevaba bien, me gustaba hablar con él porque siempre venía en seductor a decirme alguna cosita que me hiciera notar que siempre me miraba pero jamás insinuó nada más, capaz porque no le daba pie.
Algo que sí me llamaba la atención era la cantidad de cenas que se hacían, todas de alto contenido erótico. No es que se hicieran orgías, ¡no! Pero siempre se daba para confesiones de lo que cada uno probó en la cama, o juegos con prendas que involucraban mostrar partes del cuerpo que habitualmente uno no andaría mostrando por ahí a sus colegas. Eran reuniones “tramposas”: las parejas de los invitados nunca eran incluidas explícitamente, así que por algún motivo todos asumían que no tenían que ir. Claro que no, porque hubiera sido imposible generar un clima tan caliente si ellos asistían. Yo, de ingenua, una vez llevé a mi novio pensando que se iba a divertir con nosotros, pero increíblemente ese día sólo se habló de medicina. Ahí me avivé de cómo eran las cosas. El denominador común de todas las cenas en el comedor de la clínica (además del sexo) era su organizador: el Dr. Larzábal. Y obviamente su esposa JAMAS fue a una, de hecho ni siquiera estoy segura de que ella supiera que las reuniones eran mixtas.
A medida que pasaba el tiempo iba tomando confianza con todos. En general nunca participaba mucho en las charlas cuando nos juntábamos a comer, me limitaba a escuchar a ver si entendía que pasaba porque ya que tanto se hablaba de sexo me imaginaba que más de uno de los que estaban presentes lo practicaba a escondidas.
No me voy a olvidar la primera vez que hablé; se ve que nadie lo esperaba porque después me enteré que fue el comentario durante un tiempo y hasta se enteró gente que no había participado en la comida. Yo no tenía para contar de trampas, ni amantes, ni salidas a escondidas, ni nada eso… Pero en cuanto a las cosas que habíamos probado en la cama, ahí sí. Todo lo había hecho con mi novio, claro, pero cuando empecé a contar resulté la más puta de todas las que estaban ahí. En el fondo me dio cierta satisfacción porque sabía que iba a despertar ratones y lo disfrutaba, total ellos no lo iban a probar.
Ese día estaba el Dr. Larzábal, por supuesto, al que trataba de “Ud.”, José, algunos enfermeros, tres doctoras de distintos servicios y yo. Nos prestaban el comedor, pero nosotros teníamos que cocinar.
- “¿Importa el tamaño?” - Preguntó José mientras tomaba vino.
- “Nah, no importa tanto. Que no sea muy chica, pero tampoco tan grande. No tiene que doler” – Respondió Juliana, una de las doctoras mientras cortaba el tomate.
- “Obvio que no, si duele no va” – Confirmó Morena, otra doc.
Y ahí me despaché yo, mirando para la mesa mientras seguía ordenando la lechuga:
- “Bueno, pero si duele un poco no importa”
Silencio total. Levanté la cabeza porque sentía las miradas clavadas. No sé si lo que dije fue tan grave o los shockeó por ser “mi primera palabra”.
- “Jeje… ¿Cómo, cómo, cómo?” - Me dice Enrique con una cara de “no te tenía tan putita” que era alevoso.
- “Si, que si duele un poco está bien, je, ¿o no?”
Sonrió, me miraba fijo y comenzó a preguntar más para que siguiera hablando. Ese día se tocaron todos los temas relacionados con el sexo: de a dos, de a tres, de a muchos, prácticas no tradicionales como si un hombre que era penetrado por su mujer lo convertía en homosexual, y otras tantas cosas. Por supuesto que ninguno de los hombres presentes reconoció que haya permitido que su chica “le metiera el dedito”, todos aseguraban que era muy natural que eso pasara, que en el sexo todo era válido (pero en otro hombres).
Hubo otras reuniones sin relevancia después de esa. Ya tenía varios conocidos, ahora sí ya me habían aceptado como una más. La última que se organizó ese año fue la despedida para Enrique porque se iba a la sucursal del interior a organizar el quirófano por un tiempo porque el jefe había sido ascendido como director de la clínica de Buenos Aires, y acá quedaba José a cargo.
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