La despedida fue el 10 de diciembre. A esta fiesta fueron todos, era una mesa larguísima, hubo baile y joda como hasta altas horas. Hasta organizamos un show erótico: hicimos un striptease Juliana, Morena y yo, y José y Enrique, los 5 en un mini escenario improvisado. Ellos cuatro se sacaron su ropa y se pusieron disfraces, pero yo no me podía sacar todo porque tenía un pantalón blanco ajustado y no tenia bombacha abajo para que no se notara, así que cuando me empezaron a insistir les tuve que decir.
La idea era que nosotras tres hacíamos de policías y ellos de ladrones. Al principio estaban ellos solos y aparecíamos nosotras en escena a ponerlos contra la pared y registrarlos. Juliana entraba adelante y lo agarró a Enrique (estaba caliente con él hacía mil años, se regalaba con alevosía), y Morena y yo lo agarramos a José. Morena es muy simpática y súper desinhibida y José de lo más tímido. Yo sólo le tocaba el pecho porque no me animaba a zarparme, es que todavía no me sentía tan cómoda, pero ella le desabrochaba la camisa y después el pantalón, y cuando se lo empezó a bajar para dejarlo en calzoncillos José trataba de agarrarlo con la otra mano para que no se lo baje con cara de sufrimiento. Pobre pibe, ja. A todo esto Juliana y Enrique daban un show aparte donde él la había subido en upa y “le daba” contra la pared (no de verdad, obvio). Me daba mucha vergüenza así que me corrí y los miré hasta que terminaron aunque tuviera que bancarme que me cargaran el resto de la noche diciendo que había arrugado.
Durante el baile me puse a charlar con Eric Badel, uno de los enfermeros del quirófano que siempre me había caído bien y me parecía una persona muy sensible. Un día en el parque de la clínica (que estaba por estética y sólo podían acceder los empleados para mantenerlo) había encontrado una paloma lastimada y él fue el único que me ayudó a curarla pero no porque le haya pedido, se acercó solo con el Pervinox y un poquito de algodón cuando me vio que salí a buscarla. Nunca habíamos hablado demasiado porque él parecía bastante tímido y tampoco era como el resto que hacía alarde de sus experiencias sexuales, así que ni siquiera en las comidas compartidas participaba mucho. Pero ese día pudimos hablar un poco más y aproveché para invitarlo a mi cumpleaños que faltaban unos días. Como él no tenía teléfono en ese momento además del celular le di el de mi casa por si necesitaba hablarme desde un público…Todos conocen el problema de los celulares: si no tenés crédito, no recibís llamadas de teléfonos públicos. A la vista de los demás ya me había levantado y varios le palmearon la espalda diciéndole “¡Qué grande! Te la vas a coger”.
A eso de las 6 de la mañana quedábamos muy pocos y los que tenían auto repartieron al resto de acuerdo a su zona. Enrique se ofreció de remis a pesar de que vivía a dos cuadras de ahí. Me llevó a mí y a otros dos que vivían de camino a mi casa. Yo me bajé última… ¿Coincidencia? De algo teníamos que hablar cuando nos quedamos solos y él no iba a desperdiciar la oportunidad (que era la última). Hablando del tema de la bombacha y el pantalón blanco, que se ve que le quedó dando vuelta, me dijo:
- “Vos no me podés decir una cosa así porque yo no soy tan grande: tengo 33. ¿Vos cuántos tenés? ¿25, 26?”
Sonreí y le conteste mirando para el otro lado.
- “22.”
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