13.10.08

(Cap. 5) Empieza el segundo año

Antes de mi cumpleaños organizamos una salida con Eric, un amigo de él y dos de mis amigas: Azul y Natalia. Nos encontramos a tomar algo y después fuimos a un boliche. La pasamos lindo, ninguno de los que salimos tomaba alcohol así que bailamos toda la noche y después nos fuimos a desayunar.

El día de mi cumpleaños organicé una fiesta de disfraces e invité a todos los que conocía y a sus amigos así éramos más. El único que vino de la clínica fue Eric. Ese día me confesó que le gustaba Azul y quería que le averigüe que pensaba ella de él de manera que si lo iba a rechazar prefería no decirle nada porque aunque fuera quería seguir viéndola (¡qué tierno!). La verdad que no le veía mucho futuro porque ella nunca quería salir con nadie pero por esas cosas de la vida esta vez aceptó (pero más adelante, falta mucho todavía).

El verano pasó como siempre: me fui con mi novio Ciro a un pueblo chiquito en la provincia de San Luis donde siempre nos quedamos todo el mes porque como es un lugar que tiene ríos es lindo para bañarse y soportar el calor lo mejor posible. Ya hacía 6 años que estábamos de novios, desde mis 16. A pesar de que se dio todo muy rápido porque prácticamente nos pusimos de novios el mismo día que nos conocimos siempre estuvo todo bien: no había grandes discusiones, ni separaciones “por un tiempo”, nada de eso, por el contrario siempre pasamos mucho tiempo juntos, casi en una convivencia.

En febrero, como de costumbre para un estudiante universitario, rendí un final y volví a trabajar.

En la clínica ya estaba el nuevo director: el Dr. Guido Lavandeira. De primera impresión me pareció un tipo bastante accesible a pesar del nivel profesional que se decía que tenía; era un tipo de cuarenta y pico y pelado, supongo que era su característica más distintiva porque le valió el apodo de toda la vida. Yo sabía que Enrique había ido a cubrir el cargo que él dejó vacante cuando lo ascendieron, y de alguna manera no podía evitar tener la sensación de que “él se fue porque vos viniste”, así que en cuanto trató de hacer un chiste lo primero que pensé era que estaba haciendo esfuerzos para caer bien. Todavía era muy nueva en la clínica para saber no tenía necesidad de hacer ningún esfuerzo, que había estado en el quirófano algunos años antes y que todos lo querían. Me cayó bien pero lo veía con desconfianza. Sabía que el problema no estaba en él, que todo pasaba por adentro de mi cabeza y que nadie podía imaginarse la cantidad de cosas que pensaba por segundo. Siempre fui de pensar mil cosas mientras hablo con alguien y más con alguien que todavía no conozco porque lo estoy estudiando: cada palabra que diga, cada gesto que tenga lo voy a analizar y después saco mis conclusiones.

A medida que transcurrían los días empecé a pasar mucho tiempo cerca de él, después de todo nuestras oficinas estaban ahí nomás. Al poco tiempo ya me había comprado y era yo la que iba a charlar a su oficina. Empezaba a pensar que era una suerte que las cosas se hayan dado así, veía a todos mucho más relajados y se notaba la diferencia en el trato con el personal: Guido no necesitaba “hacer saber quién es el jefe” para que lo respetaran, como una vez me había dicho Enrique, él era esas personas que son líderes naturalmente.

Empezamos a compartir cosas fuera el ámbito profesional: íbamos al gimnasio, salíamos a comer y a charlar, lo acompañaba para aprender, iba a mi casa y conocía a mi familia, hasta salía a correr con mi hermana. Resultó ser uno de mis amigos más queridos, me sentía con la confianza para contarle cualquier cosa. Todos pensaban mal porque parecía que no podíamos ser amigos por la diferencia de edad de existía, yo tenía 23 y él 47, así que suponían que la relación tenía algún condimento extra que no compartíamos con los demás…Bah, en verdad, en este ambiente siempre se piensa eso: un poco de cercanía es sinónimo de sexo. Sin embargo, no era así, no había otras intenciones.

Siempre que salíamos a comer tenía alguna novedad para contarme, algún chisme de algo que haya pasado o alguna de sus tantas citas con alguna mujer que conoció. Que era mujeriego y seductor no hay duda, pero pirata como le decían todos no, ya estaba divorciado por segunda vez y mientras estuvo casado se portaba bien, según él, claro, pero le creo. Si me contaba de sus encuentros amorosos y no había pasado nada me decía que no directamente, pero en otros casos donde yo conocía a la chica no me decía que sí pero tampoco que no, me contestaba un ambiguo: “Vos sabés que yo me manejo con ciertos códigos. Respetámelos”. OK, técnicamente no delató a su amante ocasional en el caso que haya pasado algo pero tampoco me mintió. El sabe que entendí.

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