Agosto
Con José nos veíamos en la clínica todos los días y era como si nada hubiera pasado. Ahora éramos dos personas que charlaban de temas sin importancia pero ya se había terminado la seducción. Amigos no éramos así que ni siquiera daba como para quedarse charlando demasiado porque no sabíamos de qué hablar, y hablar de sexo podría interpretarse como una invitación para una segunda vuelta y…Nooo!
De la separación ya estaba mejor. Aunque lo extrañaba prefería que las cosas se hayan terminado bien y no que siguiera conmigo por lástima o porque no sabía como dejarme. Me dolía que se haya enamorado de otra, obvio, pero no había nada que pudiera hacer para cambiar las cosas. No me gustaba estar sola, eso sí, extrañaba la compañía y a veces me bajoneaba un poco. Por lo menos tenía con qué llenar el tiempo sino hubiera sido peor.
A todo esto seguía chateando con Enrique, cada vez más hot y ya me había pedido que lo tuteara porque hasta ahora venía tratándolo de Ud. como siempre. Obvio que nunca le nombré lo que pasó con su amigo. En verdad le hubiera contado pero José me había insistido tanto en que no le dijera a nadie que me pareció que justo a él no le podía decir, total tenía todas mis amigas a las que les podía contar detalles y que nunca le iban a decir nada porque no se conocían. De cualquier manera contarle hubiera sido un error porque Enrique había creado una sensación de confianza que no era real. En apariencia él pensaba de mí que era un ángel y se comportaba como si fuera la única mujer en la que se fijó desde que firmó en el Registro Civil. Más vale que no era así, ¿no? No era tonta tampoco, racionalmente sabía que no podía ser pero estaba tan embelezada y me parecía tan grandioso que le creía igual y hasta me convencía a mi misma pensando “¿y porque no?”.
Ya casi chateábamos todas las noches y habíamos dejado de hablar de lo que se hace en la cama para empezar a hablar de lo que nos íbamos a hacer. Me gustaba hablar así con él y no me preocupaba demasiado total a 800 km. no me iba a hacer nada, era una fantasía. En una charla me contó que se había comprado un celular y me dio el número, al toque le mandé un mensajito probando si llegaba y me contestó con un “si mamitaaaa!”. Esto ya fue el paso 2: chat + mensajitos.
Por MSN a la semana siguiente me dijo que en 10 días venía a Buenos Aires y quería verme. Estuve un ratito hasta que le contesté porque no sabía que decirle, por un lado me moría por salir con él aunque sea para charlar y tener toda su atención para mi sola un rato, siempre había querido ser su preferida, pero por otro lado sabía que no era lo que quería él y me daba vuelta en la cabeza cuando Lu me dijo “con los dos no” y encima había estado con José hacía no más de un mes. Al final le dije que si quería salíamos pero no sabía si me iba a animar a hacer a algo, y él siempre tenía esas respuestas de protector: “si, bebe, igual salgamos y no te preocupes que no vamos a hacer nada que no quieras”. Me sentía como un pollito tembloroso que necesitaba cuidado y Enrique estaba encantado de hacerlo.
Esos días tenía una emoción y una energía que podría haber estado saltando por horas y a la noche no podía conciliar el sueño. Me daba cuenta que me estaba entusiasmando como si fuera alguien que me invitó a salir “de verdad” y con quien existiera la posibilidad de tener una relación pero pensé que igual iba a salir, no me iba a enamorar en una noche y ¿cuánto podía sufrir? Total era casado, se iba a ir de vuelta en menos de 1 semana y si conseguía lo que quería no me iba a dar más bola y entonces quedaría como un lindo recuerdo. Y además ¿quién se iba a enterar?
Durante esos días no chateamos más porque tenía que hacer buena letra en la casa y no levantar sospecha hablando con ninguna de sus conocidas de Buenos Aires. El último día que hablamos me dijo “el miércoles te llamo”.
Y llegó el miércoles, ya estaba acá…Al mediodía ya pensaba “éste se arrepintió, y bueno, ya fue”, pero no porque no quisiera que llame, es que si pensaba así y no llamaba iba a decir “total ya sabía” que era mejor que esperar todo el día. A eso de las 7 de la tarde cuando estaba volviendo del trabajo, terminaba de bajar del colectivo y sonó el teléfono. Miraba el celular y me daba miedo atender porque nunca había hablado con él por teléfono y no sabía que decirle, y ese desparpajo que tenía hablando por MSN en cuanto me dijera “hola” se me terminaba.
-¿Hola? – Así medio con indiferencia y como si todo fuera sorpresa, como si no hubiera visto ya quien era en el identificador de llamadas.
- Hola Maya, soy Enrique. ¿Cómo estás? – ¡Ay, no me acordaba que hablaba tan lindo!
- Ah, hola. ¿Qué hacés?
- Bien, llegué ayer. ¿Vos que estás haciendo?
- Estoy llegando a mi casa del trabajo – Hablamos dos o tres boludeces más hasta que preguntó:
- ¿El viernes salimos entonces? – Acá ya tenía un tono simpático pero apurándome a decidir; y a mi no me salía hablarle con la seguridad que le hablaba a José.
- Je, si, bueno, salgamos. Pero mirá que no se si me voy a animar a hacer algo, ¿eh?
- Siii, ya se, no te voy a presionar a hacer algo que no quieras. – ¡Pero me vas a enroscar como una víbora hasta hacer que te pida por favor! – Entonces el viernes te llamo y arreglamos, ¿está bien?
- Bueno, está bien.
En esos dos días me dedique a pensar qué me iba a poner y que excusa iba a inventar para no hacer nada. También necesitaba una justificación para salir de casa de noche sin amigos y sin novio porque desde que era chiquita siempre mis amigos fueron a mi casa y de ahí salíamos o directamente nos quedábamos a charlar. Como ya del año pasado estaban acostumbrados a las cenas con la gente de la clínica, lo mejor que se me ocurrió es que como Larzábal venía habían decidido hacer una reunión con el grupito de siempre. Técnicamente no mentí, sólo distorsioné un poco, después de todo iba a cenar con Larzábal que había venido a Buenos Aires…Bueno, sólo con él, pero eso era un detalle menor. Cuanto menos mentís menos posibilidad de pisarte tenés, ¿o no?
El viernes ya daba vueltas por la casa porque no podía estar quieta haciendo algo, ni siquiera podía comer, hasta que en un momento me senté en el sofá a ver si me dormía un rato pero tenía miedo de quedarme dormida y no escuchar el teléfono. Terminé jugando con mis perras al lado de la estufa. Hasta que llamó al fin…Seguí igual de nerviosa pero por lo menos me fui a bañar para ocupar el tiempo en algo útil.
- Bueno, ¿salimos hoy entonces? – Me dijo.
- Si, si. ¿Cómo hacemos?
- Te paso a buscar por tu casa a las 9, vamos a cenar y después vemos. – ¿Me va a buscar en la puerta de mi casa? ¿?
- Bueno…No se si vamos a poder hacer algo después…La naturaleza de la mujer, ¿viste?
- Jeje, ¿estás indispuesta? Bueno, igual se pueden hacer otras cosas… ¿O no? – Qué hijo de p… Qué hábil para arrinconarme.
- Je, see… Bué, te espero a las 9 entonces. Ahora te mando la dirección en un mensajito. Un beso.
Me voy a bañar pero no me pienso depilar, así si me dan ganas igual no hago nada porque voy a estar peluda… ¡¿Pero quien se va a creer eso?! ¡Andá a depilarte boluda que después te vas a querer matar! Y bueno, je, si total…
Aproveché el tiempo porque tenía que peinarme, mi nuevo look llevaba más tiempo que el que tenía la última vez que Enrique me vió.
Antes lo usaba suelto con los rulos onda sauvage y a la semana de haber estado con José volví a cortarme el flequillo y a hacerme una cola alta. Cuando Barbi me vio me dijo “Mmm… Tenés flequillo. ¿Qué pasa, sos libre de nuevo?”. Me hizo reír pero era cierto. Es verdad, cuando las mujeres queremos cambiar la cabeza lo primero que hacemos es cambiar el pelo, es una forma de empezar.
Diez minutos antes de las 9, el Doctor me manda un mensaje diciendo que se había atrasado así que aproveché que tenía un rato más para hacer las cosas tranquila. Menos mal que ya estaba casi lista porque llegó 9.05.
Mi papá me acompañó hasta abajo para saludarlo porque se conocían. Enrique salió del auto y tuvieron una charla cortita. Estaba todo bien, pero mi papá lo saludó como diciendo “pibe, tengo 30 años más que vos”. ¡Era una situación tan atípica!…Un tipo me va a buscar a la puerta de mi casa y saluda a mi viejo como si fueran amigos antes de irse conmigo. Encima íbamos a cenar a la Recoleta, lugar más público para un viernes a la noche imposible. Si hubiera sido mi pareja que vive en otra ciudad la situación era aceptable, pero para ser un tipo casado y que teníamos conocidos en común, no. En el momento me encantaba que se portara así conmigo, ni me importaba lo demás. Debe haber tenido muchas ganas de tenerme en la cama y también me debió haber tomado el tiempo y supo como seducirme.
Y nos fuimos.
Dimos vuelta un rato hasta pensar donde comer. Íbamos por Azcuénaga llegando a la Reco y se distrajo para mirar la calle mientras nos paró un semáforo. A nuestra izquierda paró un taxi. Cuando abre el semáforo tardó unos segundos en arrancar y el taxi, que tenía puesto el guiño para doblar a la derecha, entendió que le daba paso y arrancó. En cuanto estuvo adelante nuestro, Enrique aceleró mientras seguía buscando el cartel de la calle, a pesar de que ya le había dicho cual era. Lo único que le pude decir fue “uy, uy, uy”, pensé en agarrar el volante y doblar esperando que frene antes de chocar. Pero mejor no, tanto no lo conocía, a ver si se asustaba y era peor. Y él me miraba y me decía “¡¿que, que?!” pero no soltaba el acelerador. ¡Crash! Todo esto pasó en un segundo, el choque fue suave porque el taxi estaba ahí nomás y casi ni llegamos a arrancar. Cuando se cansó de putear bajó y arreglaron los papeles con el tachero. Fue rápido así que nos fuimos a cenar.
Entramos a un restó que queda por Vicente López y Uriburu porque ahí hacían unos cuadraditos con queso derretido que quería que pruebe. Estaba muerta de hambre porque casi no había comido durante el día, pero comí un cuadradito y ya no daba más, además de tener el estómago cerrado me inhibe comer con alguien con quien no tengo confianza. Me preguntó de la facu, de mis amigos, de mi familia. El contaba poco pero siempre de sus hazañas profesionales, alguna otra cosa de su vida pero nunca nombró a su familia. Prácticamente me hizo hablar a mí. Estuvimos más de 2 horas hablando hasta que me dice:
- Bueno, ¿vamos?
- ¿Dónde? – Le dije mientras pensaba que la estaba pasando bien, así que para que cortarla ahora…¡Menos mal que me depilé!
- Dale, no te hagas…Ya somos grandes, vos sabés dónde. – Qué rápido que pasé de ser bebé a ser grande, ¿no?
- Bueno, vamos.
Nos levantamos y salimos. Caminando hacia el auto le dije que en verdad no estaba indispuesta y me sonreí. “Ah! Pendeja de mierda como me hiciste sufrir toda la tarde…Bueno, mejor”. Me reí y seguimos caminando. Llegamos al auto, nos sentamos. Hasta que se acomodara, arrancara y todo eso yo miraba por la ventana y poco a él porque me ponía incómoda, casi ni le podía hablar. Salvo que me preguntara algo concreto las respuestas eran “aha” pero sin despegar los labios. En una de esas que giré la cara para ver que le faltaba para arrancar me metió un beso de prepo…“Perdón, perdón, pero ya no aguantaba”. Antes de eso nunca se había acercado.
Con José nos veíamos en la clínica todos los días y era como si nada hubiera pasado. Ahora éramos dos personas que charlaban de temas sin importancia pero ya se había terminado la seducción. Amigos no éramos así que ni siquiera daba como para quedarse charlando demasiado porque no sabíamos de qué hablar, y hablar de sexo podría interpretarse como una invitación para una segunda vuelta y…Nooo!
De la separación ya estaba mejor. Aunque lo extrañaba prefería que las cosas se hayan terminado bien y no que siguiera conmigo por lástima o porque no sabía como dejarme. Me dolía que se haya enamorado de otra, obvio, pero no había nada que pudiera hacer para cambiar las cosas. No me gustaba estar sola, eso sí, extrañaba la compañía y a veces me bajoneaba un poco. Por lo menos tenía con qué llenar el tiempo sino hubiera sido peor.
A todo esto seguía chateando con Enrique, cada vez más hot y ya me había pedido que lo tuteara porque hasta ahora venía tratándolo de Ud. como siempre. Obvio que nunca le nombré lo que pasó con su amigo. En verdad le hubiera contado pero José me había insistido tanto en que no le dijera a nadie que me pareció que justo a él no le podía decir, total tenía todas mis amigas a las que les podía contar detalles y que nunca le iban a decir nada porque no se conocían. De cualquier manera contarle hubiera sido un error porque Enrique había creado una sensación de confianza que no era real. En apariencia él pensaba de mí que era un ángel y se comportaba como si fuera la única mujer en la que se fijó desde que firmó en el Registro Civil. Más vale que no era así, ¿no? No era tonta tampoco, racionalmente sabía que no podía ser pero estaba tan embelezada y me parecía tan grandioso que le creía igual y hasta me convencía a mi misma pensando “¿y porque no?”.
Ya casi chateábamos todas las noches y habíamos dejado de hablar de lo que se hace en la cama para empezar a hablar de lo que nos íbamos a hacer. Me gustaba hablar así con él y no me preocupaba demasiado total a 800 km. no me iba a hacer nada, era una fantasía. En una charla me contó que se había comprado un celular y me dio el número, al toque le mandé un mensajito probando si llegaba y me contestó con un “si mamitaaaa!”. Esto ya fue el paso 2: chat + mensajitos.
Por MSN a la semana siguiente me dijo que en 10 días venía a Buenos Aires y quería verme. Estuve un ratito hasta que le contesté porque no sabía que decirle, por un lado me moría por salir con él aunque sea para charlar y tener toda su atención para mi sola un rato, siempre había querido ser su preferida, pero por otro lado sabía que no era lo que quería él y me daba vuelta en la cabeza cuando Lu me dijo “con los dos no” y encima había estado con José hacía no más de un mes. Al final le dije que si quería salíamos pero no sabía si me iba a animar a hacer a algo, y él siempre tenía esas respuestas de protector: “si, bebe, igual salgamos y no te preocupes que no vamos a hacer nada que no quieras”. Me sentía como un pollito tembloroso que necesitaba cuidado y Enrique estaba encantado de hacerlo.
Esos días tenía una emoción y una energía que podría haber estado saltando por horas y a la noche no podía conciliar el sueño. Me daba cuenta que me estaba entusiasmando como si fuera alguien que me invitó a salir “de verdad” y con quien existiera la posibilidad de tener una relación pero pensé que igual iba a salir, no me iba a enamorar en una noche y ¿cuánto podía sufrir? Total era casado, se iba a ir de vuelta en menos de 1 semana y si conseguía lo que quería no me iba a dar más bola y entonces quedaría como un lindo recuerdo. Y además ¿quién se iba a enterar?
Durante esos días no chateamos más porque tenía que hacer buena letra en la casa y no levantar sospecha hablando con ninguna de sus conocidas de Buenos Aires. El último día que hablamos me dijo “el miércoles te llamo”.
Y llegó el miércoles, ya estaba acá…Al mediodía ya pensaba “éste se arrepintió, y bueno, ya fue”, pero no porque no quisiera que llame, es que si pensaba así y no llamaba iba a decir “total ya sabía” que era mejor que esperar todo el día. A eso de las 7 de la tarde cuando estaba volviendo del trabajo, terminaba de bajar del colectivo y sonó el teléfono. Miraba el celular y me daba miedo atender porque nunca había hablado con él por teléfono y no sabía que decirle, y ese desparpajo que tenía hablando por MSN en cuanto me dijera “hola” se me terminaba.
-¿Hola? – Así medio con indiferencia y como si todo fuera sorpresa, como si no hubiera visto ya quien era en el identificador de llamadas.
- Hola Maya, soy Enrique. ¿Cómo estás? – ¡Ay, no me acordaba que hablaba tan lindo!
- Ah, hola. ¿Qué hacés?
- Bien, llegué ayer. ¿Vos que estás haciendo?
- Estoy llegando a mi casa del trabajo – Hablamos dos o tres boludeces más hasta que preguntó:
- ¿El viernes salimos entonces? – Acá ya tenía un tono simpático pero apurándome a decidir; y a mi no me salía hablarle con la seguridad que le hablaba a José.
- Je, si, bueno, salgamos. Pero mirá que no se si me voy a animar a hacer algo, ¿eh?
- Siii, ya se, no te voy a presionar a hacer algo que no quieras. – ¡Pero me vas a enroscar como una víbora hasta hacer que te pida por favor! – Entonces el viernes te llamo y arreglamos, ¿está bien?
- Bueno, está bien.
El viernes ya daba vueltas por la casa porque no podía estar quieta haciendo algo, ni siquiera podía comer, hasta que en un momento me senté en el sofá a ver si me dormía un rato pero tenía miedo de quedarme dormida y no escuchar el teléfono. Terminé jugando con mis perras al lado de la estufa. Hasta que llamó al fin…Seguí igual de nerviosa pero por lo menos me fui a bañar para ocupar el tiempo en algo útil.
- Bueno, ¿salimos hoy entonces? – Me dijo.
- Si, si. ¿Cómo hacemos?
- Te paso a buscar por tu casa a las 9, vamos a cenar y después vemos. – ¿Me va a buscar en la puerta de mi casa? ¿?
- Bueno…No se si vamos a poder hacer algo después…La naturaleza de la mujer, ¿viste?
- Jeje, ¿estás indispuesta? Bueno, igual se pueden hacer otras cosas… ¿O no? – Qué hijo de p… Qué hábil para arrinconarme.
- Je, see… Bué, te espero a las 9 entonces. Ahora te mando la dirección en un mensajito. Un beso.
Aproveché el tiempo porque tenía que peinarme, mi nuevo look llevaba más tiempo que el que tenía la última vez que Enrique me vió.
Antes lo usaba suelto con los rulos onda sauvage y a la semana de haber estado con José volví a cortarme el flequillo y a hacerme una cola alta. Cuando Barbi me vio me dijo “Mmm… Tenés flequillo. ¿Qué pasa, sos libre de nuevo?”. Me hizo reír pero era cierto. Es verdad, cuando las mujeres queremos cambiar la cabeza lo primero que hacemos es cambiar el pelo, es una forma de empezar.
Mi papá me acompañó hasta abajo para saludarlo porque se conocían. Enrique salió del auto y tuvieron una charla cortita. Estaba todo bien, pero mi papá lo saludó como diciendo “pibe, tengo 30 años más que vos”. ¡Era una situación tan atípica!…Un tipo me va a buscar a la puerta de mi casa y saluda a mi viejo como si fueran amigos antes de irse conmigo. Encima íbamos a cenar a la Recoleta, lugar más público para un viernes a la noche imposible. Si hubiera sido mi pareja que vive en otra ciudad la situación era aceptable, pero para ser un tipo casado y que teníamos conocidos en común, no. En el momento me encantaba que se portara así conmigo, ni me importaba lo demás. Debe haber tenido muchas ganas de tenerme en la cama y también me debió haber tomado el tiempo y supo como seducirme.
Y nos fuimos.
Dimos vuelta un rato hasta pensar donde comer. Íbamos por Azcuénaga llegando a la Reco y se distrajo para mirar la calle mientras nos paró un semáforo. A nuestra izquierda paró un taxi. Cuando abre el semáforo tardó unos segundos en arrancar y el taxi, que tenía puesto el guiño para doblar a la derecha, entendió que le daba paso y arrancó. En cuanto estuvo adelante nuestro, Enrique aceleró mientras seguía buscando el cartel de la calle, a pesar de que ya le había dicho cual era. Lo único que le pude decir fue “uy, uy, uy”, pensé en agarrar el volante y doblar esperando que frene antes de chocar. Pero mejor no, tanto no lo conocía, a ver si se asustaba y era peor. Y él me miraba y me decía “¡¿que, que?!” pero no soltaba el acelerador. ¡Crash! Todo esto pasó en un segundo, el choque fue suave porque el taxi estaba ahí nomás y casi ni llegamos a arrancar. Cuando se cansó de putear bajó y arreglaron los papeles con el tachero. Fue rápido así que nos fuimos a cenar.
Entramos a un restó que queda por Vicente López y Uriburu porque ahí hacían unos cuadraditos con queso derretido que quería que pruebe. Estaba muerta de hambre porque casi no había comido durante el día, pero comí un cuadradito y ya no daba más, además de tener el estómago cerrado me inhibe comer con alguien con quien no tengo confianza. Me preguntó de la facu, de mis amigos, de mi familia. El contaba poco pero siempre de sus hazañas profesionales, alguna otra cosa de su vida pero nunca nombró a su familia. Prácticamente me hizo hablar a mí. Estuvimos más de 2 horas hablando hasta que me dice:
- Bueno, ¿vamos?
- ¿Dónde? – Le dije mientras pensaba que la estaba pasando bien, así que para que cortarla ahora…¡Menos mal que me depilé!
- Dale, no te hagas…Ya somos grandes, vos sabés dónde. – Qué rápido que pasé de ser bebé a ser grande, ¿no?
- Bueno, vamos.
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