De Enrique Larzábal: “No puedo creer que me esté yendo pensando en vos.”
Yo no había dejado de pensar en él ni un minuto pero no sabía que contestarle que fuera conciso y que resumiera lo que me pasaba de manera que entrara en un mensajito así que mejor lo llamé. Le pregunté cuando iba a volver, dijo que el 4 de octubre, faltaban dos meses. Por lo menos sabía que no tenía que desesperarme por verlo porque antes de ese tiempo era imposible.
Aunque me seducía la idea de hablarle todos los días no me parecía correcto considerando que era casado y básicamente porque no quería hartarlo, que en realidad era lo que más me preocupaba. Justamente por eso decidí que cada tanto le iba a mandar un mensajito o un mail para recordarle que existía pero no muy seguido para que no se sintiera agobiado. Sin embargo, si él me quería escribir iba a estar encantada de mensajear un rato.
Todos los días antes de las 9.30 de la mañana tenía un saludito de buen día y alguna palabra tierna. A la semana se quejó que siempre tenía que escribir primero de manera que me dio vía libre para escribirle todas las veces que quisiera, o sea, siempre. Hablábamos durante toda la jornada laboral hasta las 6 de la tarde, después no porque él ya estaba en su casa pero a las 20 hs puntualmente nos conectábamos al MSN para chatear. Los primeros días coordinábamos para encontrarnos a esa hora y después pasó a estar implícito. Sinceramente, era agobiante estar con el celular todo el día en la mano y llegar corriendo a agarrar la máquina para que no la ocupe mi hermana pero no se nos ocurría dejar de responder ningún mensaje.
Por supuesto que toda esta exaltación hizo que superara más rápido la angustia que tenía cuando Ciro me dejó pero no había tenido el tiempo de duelo necesario como para tranquilizarme y empezar otra relación. De todas formas sabía que no estaba empezando nada formal y que era sólo sexo pero fue inevitable enamorarme.
Por si todo eso fuera poco, todos los cambios que viví ese año repercutieron en la facultad. No podía concentrarme para estudiar, leía la misma línea 15 veces y a pesar de saber que la había leído antes no podía repetirla; cada vez que se acercaba un parcial el simple hecho de agarrar un libro me daba sueño y los esfuerzos por mantenerme despierta eran en vano porque era imposible fijar la vista en el texto. El primer cuatrimestre gracias a que estudiaba con una amiga de la facu con la que me llevaba muy bien pude regularizar una materia, pero el segundo empezó justo en el momento donde vivía todas esas emociones juntas y me superó, terminé abandonando la cursada. Encima tenía la presión de dar algunos finales porque a fin de año se vencía la regularidad: anatomía y bioquímica, dos grosas.
Empecé a sentir en el cuerpo todo lo que me pasaba en la cabeza. Estaba pendiente del teléfono todo el día, lo miraba a cada rato por si había recibido un mensaje y no lo hubiera escuchado, corría a la computadora para poder chatear… No podía estar haciendo algo calmada. Me daba cuenta que tenía que tranquilizarme pero no podía manejarlo.
Con José seguíamos jugando pero nunca quedábamos en nada. Lo ratoneaba tener una chica vestida de secretaria ejecutiva y como estábamos jugando le prometí que capaz en la semana me vestía para él pero no tenía intención de cumplirlo y él lo sabía, era un juego. Un día de septiembre mientras estaba en la clínica recibí un mensaje de Enrique que decía algo así como “¿así que mañana te vestís de secretaria ejecutiva?”.
Para Enrique Larzábal: “Qué?”
De Enrique Larzábal: “No pasa nada. Está todo bien.”
Para Enrique Larzábal: “No, no está todo bien.”
Me desesperó. Sabía que no era así, no estaba todo bien. Es increíble como uno puede sentir el estado de ánimo de la otra persona sólo con lo que escribe. No sé si será que uno se sugestiona o realmente se siente pero que no estaba todo bien era claro. “¡Le contó! ¡Lo voy a matar! Lucía tenía razón, ¿cómo pude pensar que no le iba a decir en algún momento? ¡¿Cómo?!” ¿Cómo le iba a decir que no le conté sólo porque José me había pedido que no le dijera a nadie y que no iba a pasar nada más? Yo, que sé que es cierto, no lo creería. Lo llamé porque necesitaba hablarle, no podía seguir excusándome por mensajitos de texto. Sabía que no tenía por qué hacerme una escena de celos pero no quería que se enoje conmigo ni que piense que andaba con todos... Y no quería perderlo.
- Dejame que te explique…- Le rogaba.
- No es necesario, no hay nada que explicar. – Por más que se hiciera el duro se le notaba la ironía en la voz.
- No, sí. Es cierto que pasó algo pero fue una sola vez y antes que vos.
- ¡Pero me mentiste! Pendeja de mierda… - Lo reconoció. Mitad enojo y mitad desilusión.
- Nooo, no te mentí… ¡Perdoname!
- Sí, me mentiste.
No sabía que decirle, le pedía por favor que se conecte esa noche para hablar mejor y más tranquilos porque se me terminaba el crédito del celular (¡era una llamada de larga distancia!) y no quería, me seguía diciendo que estaba todo bien. Le insistí hasta que me aseguró que esa noche íbamos a hablar.
El resto del día estuve hecha pedazos, me mataba más la distancia y el hecho de no poder decirle a la cara que no le mentía que otra cosa. Al final esa noche pudimos hablar, le conté qué había pasado y le expliqué por qué no le había dicho. Cuando se tranquilizó me pidió que no le dijera nada a José porque había sido una confesión de amigos. Terminó ahí pero no se olvida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario