30.9.08

(Cap. 16) El día después

Ahora que los nervios se habían ido, tenía hambre: “Quiero un capuchino…Y torta. ¿Vamos?”. Eran como las 3 de la mañana y llovía a cántaros así que fuimos a un bar por ahí cerca. Se tomó un café y yo pedí mi capuchino y una Cheese Cake. Comió unos bocaditos de torta pero se estaba cayendo de sueño, me daba ternura que estuviera ahí callado y con la mirada perdida esperando que comiera. Como al día siguiente entraba a las 8 de la mañana a dar una clase, a lo que había venido en realidad, en cuanto terminé nos fuimos.

Algo había cambiado, estábamos lo suficientemente cómodos para disfrutar del silencio por más que estuviéramos juntos. No había sido una noche de sexo solamente, era más como si fuera una primera cita con una persona con la que se va a tener una relación larga.

Me dejó a dos cuadras de mi casa, los dos estábamos de acuerdo en que no era lo mejor que me dejara en la puerta. Nos dimos un beso y me fui. Ya eran las 4.30. Ese beso fue un “hasta mañana”, que en ese momento me pareció de lo más normal aunque no debería haber sido así. No hubo comentarios al respecto de cómo la pasamos ni hablamos de vernos en otro momento, estaba implícito. Él me tendría que haber despedido de una manera más fría, quizás algo que significara que la pasamos lindo pero que fue sólo esto. Al acostarme tenía la misma sensación de cuando fue mi primera vez con Ciro, dejé de sonreír porque me venció el sueño.

Dormí entrecortado hasta las 8, me pasa siempre que me acuesto tarde. A esta hora ya estaba despierto y pensé en mandarle un mensajito. Escribí “te extraño” pero creí que era demasiado, lo borré y escribí “tengo ganas de verte”, que también me pareció mal. Lo mejor era no mandar nada, por más entusiasmada que estuviera él tenía su vida y tampoco quería quedar como una boluda, aunque me moría por decirle algo así que tampoco soltaba el teléfono, y justo entró un mensaje. Eran las 8 de la mañana de un sábado, ¿quién me va a mandar un mensaje a esa hora? Pensé que capaz era Lu porque habíamos quedado en vernos al mediodía.

De Enrique Larzábal: “Te extraño”

No lo podía creer. ¡Qué emoción!

Para Enrique Larzábal: “Yo también! Te había escrito un msj pero no me animé a mandarlo xq tenía miedo que te enojes.”

De Enrique Larzábal: “Vení a verme. Te invito a almorzar conmigo.”

Para Enrique Larzábal: “Bueno, a las 11 estoy x allá.”

De Enrique Larzábal: “Te espero.”

Menos mal que le dije a las 11, por lo menos podía remolonear un rato más en la cama aunque de dormir ni hablar. Igual no me animaba a ir sola, era un exposición… ¿Y si me cruzaba con alguien conocido? Me daba vergüenza acercarme a él a plena luz del día y además ir sola como si me muriera de ganas de verlo, él estaba ahí porque estaba trabajando, no era lo mismo. Le pedí a Lucía que me acompañe un rato y que después se vaya, y de paso la veía y le contaba todo lo de la noche anterior.

10.45 me encontré con Lu en la puerta de la exposición de medicina que se hacía en la Rural de Palermo. Recorrimos un poco antes de ir a buscarlo. Cuando lo ubiqué justo estaba hablando con unos colegas así que nos quedamos cerca hasta que terminara. Pensé que me había visto por eso cuando terminó de hablar no me acerqué. Mandó un mensaje preguntando donde estaba, “a tu derecha”, le contesté. Se rió y vino hacia nosotras; charlamos un rato los 3, pero a cada rato lo llamaban o aparecía alguien a saludarlo. En una de las veces que se fue le dije que la acompañaba a Lu a la puerta y volvía.

- ¿Viste como te miraba? – Me preguntó Lucía con una sonrisita.

- Je…¿Cómo?

- Se le nota mucho que le gustás. A vos también se te nota pero menos.

- Si, je… No se, puede ser. Igual trato de no mirarlo tanto. - Yo sabía como nos mirábamos, estabamos embelesados. Nos mirábamos a los ojos con una sonrisa y no sabíamos que decir.

- No es feo tipo... Es alto, tiene presencia, es un hombre muy interesante… A mi me gustan los hombres así.

- Si, a mi también… Bueno, obvio, ja.

Después de acompañarla hasta la puerta volví y me quedé con él un rato más. Hablamos de lo bien que la habíamos pasado la noche anterior como si fuera normal que estuvieramos juntos en ese momento y que más tarde nos viéramos de nuevo. Me encantaba estar con él. Podía mirarlo a los ojos mientras me hablaba aunque no entendiera una sola palabra de lo que me estaba diciendo, pero no me animaba a acercarme. No podía ni siquiera tocarle el brazo como lo haría con cualquier conocido. No se si era miedo de que alguien se diera cuenta de algo o de que él se enoje pensando que estaba creyéndome algo que no era. En realidad lo primero no porque en ese momento se lo hubiera contado a todo el mundo, pero lo segundo me paralizaba.

Luego de un llamado que recibió me dijo que no podía almorzar conmigo porque unos jefes habían organizado una comida y le acababan de avisar pero no podía dejar de ir. Le contesté que no había problema, que después hablábamos y pensé “listo, se hartó. Qué buena excusa; fue lindo pero acá se acabó”. Conociendo su situación no pensaba llamarlo; no quería parecer pesada y menos sabiendo que se volvía en 3 días, seguro iba a querer salir el fin de semana con amigos y no quería pasar por una situación incómoda si le decía de salir y me rechazaba. Además siempre fui de esas personas que piensan qué clase de boluda puede enamorarse de un tipo casado. Me volví a casa un poco decepcionada pero ya se me iba a pasar en unos días (en varios días).

A eso de las 4 de la tarde llamó para contarme que ya había almorzado y para invitarme a salir esa noche. Me moría por verlo pero le tuve que decir que no porque los sábados siempre iba a lo de mi abuelo y no quería dejarlo esperando, después de todo esto sólo iba a ser una aventura y no podía dejar mi vida de lado.

- ¿Y mañana a la tarde? – Me volvió a preguntar.

- Me quedo allá hasta el lunes. Si querés el lunes sí nos vemos.

- Bueno, el lunes.

El domingo no aguanté, tenía miedo que si pasaba un día sin hablarle se olvide de mi. Le mandé un mensajito por teléfono sólo para decirle que esperaba que fuera mañana para verlo y en seguida me contestó que él también tenía ganas de verme.

El lunes con toda la emoción que podía tener me vestí para ir al gimnasio. Siempre tardaba aproximadamente dos horas así que era tiempo suficiente para vernos y le dije que viniera cerca así no perdíamos un solo minuto. Quedamos en encontrarnos en Beruti y Bustamante. Las cuadras que caminé hasta ahí parecían interminables, mientras iba pensando cómo lo iba a saludar cuando lo viera. Sentía mariposas en el estómago… Siempre pensé que eso era cursi pero es cierto.

Cuando llegué estaba estacionado esperándome. Me subí y fuimos a dar unas vueltas porque tiempo para ir a un hotel no había. Fuimos por Libertador hasta Palermo, volvimos por Santa Fé hasta la Reco y bajamos por Corrientes hasta el Obelisco mientras charlábamos. Al final decidimos parar para poder hablar mejor.

Estacionó en una calle un poco retirada para estar tranquilos sin que nadie conocido nos viera y aunque pasaba un montón de gente no parecía importarle. Me arrodillé en el asiento de frente a él y lo abracé y besé con las ganas que venía acumulando desde hacía 2 días. Sabía que se iba al día siguiente pero no me importaba, era como si no pudiera concentrarme en nada más allá de lo que estaba viviendo en ese mismo momento. Nos mirábamos a los ojos como si no hubiera nada más alrededor, creo que no podíamos desviar la mirada porque todavía no entendíamos como es que todo esto podía pasarte en una sola noche y con esa intensidad… ¿El simple hecho de tener sexo (formidable, pero sexo al fin) puede dejarte inmerso en esas sensaciones? Era conciente de que parte de lo que sentía se explicaba con el entusiasmo que tenía por salir con él y mal que mal me lo había visto venir de entrada pero también sabía que él se iba a abrir después de esa noche para continuar con su vida como si nada hubiera pasado y a lo sumo yo quería como un lindo recuerdo si es que siquiera le quedaba el recuerdo. ¿Y ahora como se sigue? Qué dificil es evadir esa mirada tan tierna y pensar que mañana va a estar con su familia mirándolos igual quizás, después de todo supongo que los querrá. Lo que más curiosidad me inspiraba era qué pensaría él antes de encontrarse conmigo la primera vez… Capaz le pasaba como a mi que no se daba cuenta cuánto le gustaba y que no sólo me miraba porque era linda. Capaz había algo más que el sexo que le llamara la atención de mí, no sé que sería.

Nunca me planteé que pasaría con su familia, no porque no supiera que tuviera una sino que para mí no existían, nunca los había visto ni siquiera en foto. Cuando se fuera iba a estar con ellos físicamente pero su cabeza quedaba en Buenos Aires; y su corazón no sé, no me arriesgaría a opinar pero no creo que haya quedado una parte acá, al menos no todavía.

Era probable que todo esto fueran conjeturas mías y que él sólo quisiera pasar un buen fin de semana, aunque no me daba la sensación de que fuera así. En ese momento estábamos disfrutando el simple hecho de estar con el otro. Y bueno, me iría enterando a medida que pasen los días.

29.9.08

(Cap. 17) La distancia

De Enrique Larzábal: “No puedo creer que me esté yendo pensando en vos.”

Yo no había dejado de pensar en él ni un minuto pero no sabía que contestarle que fuera conciso y que resumiera lo que me pasaba de manera que entrara en un mensajito así que mejor lo llamé. Le pregunté cuando iba a volver, dijo que el 4 de octubre, faltaban dos meses. Por lo menos sabía que no tenía que desesperarme por verlo porque antes de ese tiempo era imposible.

Aunque me seducía la idea de hablarle todos los días no me parecía correcto considerando que era casado y básicamente porque no quería hartarlo, que en realidad era lo que más me preocupaba. Justamente por eso decidí que cada tanto le iba a mandar un mensajito o un mail para recordarle que existía pero no muy seguido para que no se sintiera agobiado. Sin embargo, si él me quería escribir iba a estar encantada de mensajear un rato.

Todos los días antes de las 9.30 de la mañana tenía un saludito de buen día y alguna palabra tierna. A la semana se quejó que siempre tenía que escribir primero de manera que me dio vía libre para escribirle todas las veces que quisiera, o sea, siempre. Hablábamos durante toda la jornada laboral hasta las 6 de la tarde, después no porque él ya estaba en su casa pero a las 20 hs puntualmente nos conectábamos al MSN para chatear. Los primeros días coordinábamos para encontrarnos a esa hora y después pasó a estar implícito. Sinceramente, era agobiante estar con el celular todo el día en la mano y llegar corriendo a agarrar la máquina para que no la ocupe mi hermana pero no se nos ocurría dejar de responder ningún mensaje.

Por supuesto que toda esta exaltación hizo que superara más rápido la angustia que tenía cuando Ciro me dejó pero no había tenido el tiempo de duelo necesario como para tranquilizarme y empezar otra relación. De todas formas sabía que no estaba empezando nada formal y que era sólo sexo pero fue inevitable enamorarme.

Por si todo eso fuera poco, todos los cambios que viví ese año repercutieron en la facultad. No podía concentrarme para estudiar, leía la misma línea 15 veces y a pesar de saber que la había leído antes no podía repetirla; cada vez que se acercaba un parcial el simple hecho de agarrar un libro me daba sueño y los esfuerzos por mantenerme despierta eran en vano porque era imposible fijar la vista en el texto. El primer cuatrimestre gracias a que estudiaba con una amiga de la facu con la que me llevaba muy bien pude regularizar una materia, pero el segundo empezó justo en el momento donde vivía todas esas emociones juntas y me superó, terminé abandonando la cursada. Encima tenía la presión de dar algunos finales porque a fin de año se vencía la regularidad: anatomía y bioquímica, dos grosas.

Empecé a sentir en el cuerpo todo lo que me pasaba en la cabeza. Estaba pendiente del teléfono todo el día, lo miraba a cada rato por si había recibido un mensaje y no lo hubiera escuchado, corría a la computadora para poder chatear… No podía estar haciendo algo calmada. Me daba cuenta que tenía que tranquilizarme pero no podía manejarlo.

Con José seguíamos jugando pero nunca quedábamos en nada. Lo ratoneaba tener una chica vestida de secretaria ejecutiva y como estábamos jugando le prometí que capaz en la semana me vestía para él pero no tenía intención de cumplirlo y él lo sabía, era un juego. Un día de septiembre mientras estaba en la clínica recibí un mensaje de Enrique que decía algo así como “¿así que mañana te vestís de secretaria ejecutiva?”.

Para Enrique Larzábal: “Qué?”

De Enrique Larzábal: “No pasa nada. Está todo bien.”

Para Enrique Larzábal: “No, no está todo bien.”

Me desesperó. Sabía que no era así, no estaba todo bien. Es increíble como uno puede sentir el estado de ánimo de la otra persona sólo con lo que escribe. No sé si será que uno se sugestiona o realmente se siente pero que no estaba todo bien era claro. “¡Le contó! ¡Lo voy a matar! Lucía tenía razón, ¿cómo pude pensar que no le iba a decir en algún momento? ¡¿Cómo?!” ¿Cómo le iba a decir que no le conté sólo porque José me había pedido que no le dijera a nadie y que no iba a pasar nada más? Yo, que sé que es cierto, no lo creería. Lo llamé porque necesitaba hablarle, no podía seguir excusándome por mensajitos de texto. Sabía que no tenía por qué hacerme una escena de celos pero no quería que se enoje conmigo ni que piense que andaba con todos... Y no quería perderlo.

- Dejame que te explique…- Le rogaba.

- No es necesario, no hay nada que explicar. – Por más que se hiciera el duro se le notaba la ironía en la voz.

- No, sí. Es cierto que pasó algo pero fue una sola vez y antes que vos.

- ¡Pero me mentiste! Pendeja de mierda… - Lo reconoció. Mitad enojo y mitad desilusión.

- Nooo, no te mentí… ¡Perdoname!

- Sí, me mentiste.

No sabía que decirle, le pedía por favor que se conecte esa noche para hablar mejor y más tranquilos porque se me terminaba el crédito del celular (¡era una llamada de larga distancia!) y no quería, me seguía diciendo que estaba todo bien. Le insistí hasta que me aseguró que esa noche íbamos a hablar.

El resto del día estuve hecha pedazos, me mataba más la distancia y el hecho de no poder decirle a la cara que no le mentía que otra cosa. Al final esa noche pudimos hablar, le conté qué había pasado y le expliqué por qué no le había dicho. Cuando se tranquilizó me pidió que no le dijera nada a José porque había sido una confesión de amigos. Terminó ahí pero no se olvida.